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domingo, agosto 24, 2003

(in)Justicia deportiva 

dando ejemplo a los crios
Esta tarde ha vuelto a suceder. Otra vez. Algunos amantes del deporte estamos hartos, muy hartos, de esta situación.
Hablo de las protestas de Jon Drummond en plena pista, reclamando no ser sancionado por lo que él entendía como una injusticia. Me da igual el hecho en sí, si fue justo o no que le eliminaran. Pero él creyó que estaban atropellando sus derechos y ejerció su derecho de quejarse, como cualquiera haríamos en nuestra vida diaria, enfrentandonos también a un atropello. Pero está claro que el deporte es distinto. Acabo de oir que se va a proponer una sanción contra él. Y al parecer en el trasfondo se encuentra una guerra entre el grupo de John Smith y la IAAF. Pero es que esto también me da igual.
Yo me sirvo de la metáfora que supone para mí este caso, un atleta enfrentándose a los jueces.
Los deportistas no tienen los mismos derechos que los demás (y hablo de todos los deportes). Sólo valen para ganar y perder. No pueden quejarse, no pueden decir tacos, tienen que aguantar que los insulten sin rechistar, no les está permitido hacer declaraciones políticas (salvo si interesa que las hagan, claro está), no pueden ir ante un juez como cualquier hijo de vecino a reclamar sus derechos. Ellos están sometidos a otras reglas. Son héroes, pero no como lo entendemos actualmente, sino como se entendía en la mitología clásica. Sometidos a la arbitrariedad de los dioses. El show debe continuar (y generar dividendos), es lo único que vale.
Unas veces sancionan, otras no. Unas veces entran a dirimir un asunto de oficio, otras no. Unas veces el deportista se dopó, otras parecía que sí, pero no. Todavía recuerdo cuando se sancionó al delantero del Liverpool, Robbie Fowler, por apoyar en su camiseta interior a unos trabajadores despedidos. Si la camiseta muestra sensibilidad política progresista se le sanciona. Si dice que Jesús nos ama, vale. Y cada dos días les obligan a salir al campo con camisetas con campañas (políticas) contra las drogas. No olvidemos el gesto del Presidente del Mejor Equipo de Fútbol del Mundo Mundial; se negó a que su equipo tomara postura en contra de la guerra porque la imagen de "el Madrí" siempre ha estado al margen de la política. Estar en contra de la desgracia de un pueblo es política, vale. Ese mismo mes se acordaba jugar un partido por los damnificados del Prestige. Apoyar la desgracia de este pueblo no es política, y es obvio porqué. Porque este partido lo había reclamado nuestro dinosaurio favorito (desgraciadamente el meteorito no fue tan contundente).
Los deportistas han de mostrar una imagen (sobre todo en el terreno de juego) intachable, aséptica, apolítica. Sólo pueden estar comprometidos con el espectáculo, con la victoria. No pueden ni siquiera estar comprometidos con sus propios derechos, ni sus opiniones. De eso ya se ocuparán las "instituciones" deportivas.
No sé si tenía razón el atleta en cuestión. Sólo sé que estaba con él. Porque si el agacha la cabeza y se va de la pista "como un buen deportista", "dando ejemplo", y luego se demuestra que tenía razón no iban a repetir las pruebas para él. Se perdería en un laberinto de comités e instancias de inestable y dudosa legalidad del que saldría derrotado.
Si Kafka hubiera tenido un poco más de ojo el protagonista de "El proceso" habría sido un deportista.

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