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lunes, octubre 27, 2003

El infierno son los otros 

El Tribunal Superior de Justicia de Cataluña ha dictado una sentencia en la que, por primera vez, reprueba la práctica empresarial de someter a los trabajadores a pruebas de honradez y anula el despido de una empleada de una cadena de droguerías sometida al llamado test de honestidad.
Resumiendo, el jefe de la susodicha empleada metió 10 euros de más en la caja para poner a prueba la honradez de la muchacha cuando viera, al cuadrar las cuentas del día, que había dinero de más. La muy pillina se los quedó y a la mañana siguiente ya estaba en la calle. Ahora la Justicia obliga a readmitir a la despedida si es que la chica acepta volver a trabajar en un lugar en el que los jefes demuestran tanto aprecio por sus empleados.
Esas barbaridades, lo de poner a prueba al personal, están fuera de la legalidad en nuestro país (afortunadamente), pero hay más de uno que estaría encantado de que aquí cuajaran ideas de ese estilo, siempre originarias de los países anglosajones.
Tanto en EE.UU. como en el Reino Unido se fomenta la desconfianza hacia el otro, a quien se señala como un potencial agresor contra nuestros intereses en lugar de, pongamos por caso, un futurible amigo o socio.
En las empresas se trata de "controlar" el trabajo de los empleados husmeando en su correo electrónico, rastreando sus "viajes" por internet o colocando cámaras en sus puestos, pisoteando todos sus derechos.
Pero es que han visto ya muchas veces en la tele a la "baby sitter" dándole de leches a sus crios como para pensar que no tienen razones ni derecho a hacerlo. Lo que no sabemos es la de veces que unos padres desconfiados pusieron la cámara y no salió lo que esperaban, mientras atropellan los derechos de la empleada que no tiene porqué ser grabada.
Hay algo que todavía nos diferencia. Allí reciben el ejemplo de sus propias autoridades. Aquí, en cambio, el "a ver si pica" está expresamente prohibido por ley.
En los EE.UU. existen departamentos de policía que se dedican a ofertar a sus agentes como prostitutas en las calles (lo hemos visto en las películas cientos de veces) para ver si algún incauto en pleno calentón muerde el anzuelo.
Cuando desde el propio Estado se manda el permanente mensaje de que todos somos potenciales delincuentes y amenazas para los que nos rodean termina por calar con facilidad en todos los estratos de la sociedad y acaba aflorando tanto en el ámbito laboral como en el de la política exterior.
Habrá quien se encuentre más cómodo desconfiando, pero gracias a esta sentencia queda claro que no vale cualquier cosa para "demostrarse a sí mismo" que tenía razón al pensar mal.

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