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domingo, enero 04, 2004

Ojo por ojo, turista cabreado 


Portada de 'A Tribuna' de Sao Paulo


"Soy ciudadano americano".
Me pregunto cúantas veces habremos escuchado una expresión como esa (con más miedo o indignación en la voz, según) en multitud de películas diferentes. Ya sea sobre las atrocidades de la dictadura chilena, el narcotráfico en la frontera mexicana, las tensiones con el integrismo en Oriente Medio, represiones sangrientas en el sudeste asiático, secruestos de la guerrilla colombiana o incluso en comedias sobre una familia de vacaciones exóticas, todos los filmes que incluyan a un americano en el extranjero son perfectamente susceptibles de contar con esta frase en cuanto aparezcan los apuros.
Es algo que en principio, por lógica, sorprende. Uno mismo no le diría a un camboyano (mientras me amenaza con su machete) "soy ciudadano español" sencillamente porque lo creería inútil. Si me quiere matar lo hará, y si saber que soy extranjero le valdría para replantearse la idea le basta con mirarme bien para "descubrir" que camboyano, desde luego, no soy (y con la cara de chino cabreado que me pone seguro que ya ha sentenciado).
En el caso de los norteamericanos el rasgo que les identifica ante camboyanos cabreados o lo que fuere es, sin duda, su gusto por las sandalias "Jesucristo SuperStar" con calcetines blancos y los chalecos Coronel "MeCreoIntrépido" Tapioca, así que la frasecita de marras sobraría igual.
Las sandalías con calcetines y, claro está, su inagotable capacidad de pensarse distintos (mejores) que el resto. Y lógicamente, en esto del turismo, al "rozarse" con otras "especies humanas", se nota mucho.
Los EE.UU. siempre han tratado a los turistas que viajaban a su país como "presuntos". Delincuentes, trabajadores ilegales, y ahora terroristas. Pero siempre presuntos, y por ello merecedores de maltrato (de tratar mal, a veces algo más) en controles aeroportuarios. Y más desde el 11 de septiembre (¿se han dado cuenta, por cierto, la cantidad de veces que decimos esa frase, el número incesante de "lo que sea" que ha cambiado "desde el 11 de septiembre"?).
Pues hoy, un tal Julier Sebastiao da Silva, juez federal de Brasil, me ha dado la alegría del día. Porque, como respuesta al trato que reciben los brasileños a su entrada a los EE.UU., ha decidido que, apoyándose en el principio de reciprocidad diplomática, los americanos que visiten Brasil serán fichados como si fueran delincuentes en el mismo aeropuerto, con recogida de huellas dactilares y foto incluidas, claro. ¿Exagerado? Sí, suena bastante fuerte, pero es que es eso precisamente lo que se hace con los brasileños al aterrizar en EE.UU., de ahí lo de la reciprocidad diplomática. Y es el propio juez Da Silva el primero en criticarlo (con bastante vehemencia), y por ello tomó ésta resolución, para tratar de convencerles de lo inconveniente de esta medida.
Curioso término el de "reciprocidad diplomática", por cierto, para ser aplicado a las relaciones con aquél país. Más bien ingenuo. Por ello surge la noticia cuando alguien "se atreve".
Mi satisfacción radica en que la próxima vez que un turista americano, al llegar a Sao Paulo, alegue su condición de tal para recibir algún tipo de privilegio se llevará un regalo en forma de toallita para limpiarse la tinta de los dedos. Faltaría más.
Y allí lo que les preocupa es que las fotitos inhiban el turismo sexual. Cada loco con su tema.

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