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lunes, mayo 17, 2004

Carta abierta 

Su nombre ha saltado de nuevo a la palestra en los últimos días. El Ateneo Republicano de Asturias tiene pensado homenajearle el próximo sábado, con motivo de la Boda Real. El oso, que dice sentirse utilizado, critica que se haya organizado este acto sin contar con su autorización y por unos motivos tan desdichados que él insiste en calificar como "un lamentable accidente".

Carta abierta a todos los que sufren la incisiva punzada del pasado en su corazón:

La vida está trufada de buenos y malos momentos. La mayoría, inesperados. Y casi siempre no hay nada que uno pueda hacer por buscar los primeros o evitar los segundos. Yo no sé si existe el destino, si está escrito y sólo somos marionetas interpretando un papel previamente diseñado en todos sus matices, como tampoco sé qué será de mí mañana. Tal vez por eso prefiero vivir el presente con intensidad, sin renunciar ni al pasado (que es lo que somos) ni al futuro, pero dejando fluir la vida por mis venas sin rencores por lo sucedido ni esperanzas vanas en lo que haya de venir.

Es por ello que me duele amargamente el uso despiadado de los errores que pude cometer en mi vida por parte de gente a la que desconozco y con los que ni siquiera comparto los ideales que dicen perseguir. Ellos no quieren entender que lo que sucedió aquella mañana fue un terrible accidente y que por lo tanto no se le puede reclamar al mencionado hecho, forzadamente, una intencionalidad política o de ningún otro tipo.

Se trata de un relato que me he visto obligado a repetir en numerosas ocasiones, y no por ello deja de resultarme angustioso el trago de volver a hacerlo. No conocí el día en que, al buscar el sueño en la oscuridad de mi cueva, no haya revivido en mi mente lo acontecido en ese bosque que me vió nacer al toparme de pronto con la cacería encabezada por el malogrado Favila.

Después de larguísimos minutos de persecución y hostigamiento, con más de una flecha alojada en mis lomos y cuando el olor de mi sangre nublaba ya mi entendimiento logré refugiarme tras un gigantesco peñasco. Algunos metros pendiente abajo, Favila (de quien nunca tuve noticia antes lo que excluye un deseo previo de hacerle daño por mi parte) gritaba cosas terribles sobre mi madre y mi familia, tratando de intimidarme. Sin fuerzas, a punto de desfallecer, apoyé mi espalda en el (aún lo recuerdo) frío y áspero pedrusco. El golpe repentino de todo mi peso contra él debió liberarlo de su asiento de siglos haciéndolo precipitarse contra Favila y su corte, acabando con su vida y la de su pedicura.

Así sucedió. Todo lo que vino después fue propaganda de unos y contaminación de otros. Ni republicanismo (no viene al caso, pero para quien le interese no me siento monárquico, aunque sí "juancarlista") ni nada parecido. Sólo un fatal accidente por el que creo haber pagado ya de sobra. Por eso les ruego que me dejen seguir adelante con mi vida y que dejen de valerse de mi nombre y mi dolor.

José Luis el Oso.

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