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lunes, marzo 13, 2006

Bassibus: descubriendo el Mediterráneo a las afueras de Madrid 

Al bufón de origen italiano Leo Bassi es difícil verle en los últimos tiempos exclusivamente como tal, en las páginas de 'Cultura', hablando de lo suyo. Está permanentemente en el ojo del huracán, en el centro de esta extraña y resucitada polémica en torno a lo religioso, lo laico, lo facha, lo blasfemo y demás mentecateces. Especialmente tras el intento de atentado del que fue objeto. Y queríamos conocer de cerca al personaje, al supuesto agitador y heresiarca, para ver qué hay en realidad. El Bassibus, ese "Viaje a lo peor de Madrid", como él mismo lo denomina, sería el momento adecuado para ver al personaje desenvolverse en libertad, sin tapujos ni ataduras.

Y no decepcionó, quizá porque mi escepticismo inicial no me permitía esperar más que a un charlatán. Ni chicha ni limoná, si el discurso de este simpático indocumentado puede ofender a alguien es, sencillamente, porque ese alguien: a) No le ha visto en su vida; b) Va buscando excusas para su victimismo; c) Es un cretino. Este hombre, inofensivo en las formas y en el fondo, nos condujo por un soporífero y ridículo viaje al absurdo por las afueras más privilegiadas de Madrid para descubrirnos el Mediterráneo: hay ricos que viven en barrios de ricos y que van juntos a iglesias de ricos. Como se entere de que también follan entre ellos fleta un 747 para sobrevolar sus casas.

La salida

A las 11:00 de la mañana estábamos convocados Jeremías y yo en la Plaza de España, punto de partida de la expedición, en el que nos esperaban tres autocares, los necesarios para satisfacer la expectativa creada. Aunque sea entrar en el juego dialéctico de los filofascistas que lo justifican, esa bomba en el Teatro Alfil vende entradas, y todos estábamos allí por lo mismo: a ver qué pasa, si pasa, esta vez. Aunque a punto estuve de echar a correr de vuelta a la cama tras ver más cámaras que manos, identificar a algún famosillo y advertir el pelaje de los que serían mis compañeros. Acostumbrados como estamos a la nausea de los 'coperos' venerando a Losantos, ver tanto 'El País' debajo del brazo admirando a un payaso es algo que da que pensar. Pero como a mí no me pagan por pensar me colé en el Bassibus de la prensa e invitados, el que sería comandado por el propio Bassi, y saqué la libreta y la cámara.



La gente de la organización parece algo estresada, y anuncian que hay overbooking, razón por la cual el reportero de la Cadena SER se ha quedado en la puerta: "Ni han llamado antes, ni se ha acreditado, ni nada". Otro de los organizadores empieza a probar el micro del autobús y le pregunta al chófer (bastante quemado ya por cómo habían pegado con celofán las pancartas identificativas a los lados del coche) si "no se le pueden subir los graves". Qué pena haberme perdido su cara. En total el staff lo forman unos 6 empleados, incluyendo dos azafatas disfrazadas y otro tipo vestido de cura que tampoco invita a muchos equívocos pues en el alzacuellos lleva más mierda que el culo de un toro. A eso de las 11:25 ("esto es una cosa latina", justifica Bassi el retraso) cogemos al fin la carretera. El de la SER está a bordo.



Bassi coge el micro y nos cuenta de qué va el viaje, que conjugará "política, turismo, espectáculo y también un enorme divertimento". Enorme. No suelta prenda sobre las paradas del bus, ya se irán descubriendo sobre la marcha. Continúa con un discursito trufado de topicazos sobre el exceso de información, los filtros que le imponen, la amenaza creciente al laicismo y el poder de los grupos católicos mientras sus comisuras acumulan salivilla. Está a dos metros escasos de mí. Es curioso descubrir que, al margen de quién tenga razón (si es que la cosa va de tener razón), el discurso que despliega es muy similar al que sufrí el día anterior por parte de los ultracatólicos: tenemos que ser nosotros los que contemos la verdad porque sino nadie la va a contar, los medios no hablan de lo que importa, hay que despertar conciencias. En poco tiempo estamos en una zona residencial semidesértica, pegada a la carretera, junto al que se está construyendo un edificio. Es nuestra primera parada, el 'Colegio Monte Tabor'.

Las madres de Pozuelo



Entonces descubrimos que las casualidades no son tales. El sábado les contaba que la gente de HazteOrín había estado en una manifestación en apoyo a la Plataforma de Madres de Pozuelo, precisamente por el mismo motivo, aunque en sentido opuesto, que nos convocaba en aquel desangelado lugar. La gente de la zona se pelea por un colegio, que quieren que sea público o privado, según quieran que sus hijos se masturben con o sin remordimientos y culpa infinita. Y como en la zona todos los colegios ya son de los de remordimientos, un grupo de padres nos quiso explicar allí mismo sus razones y las aberraciones ideológicas de la gente del Movimiento Schoenstatt, aspirantes a controlar el centro, que son de los que curan a los maricones y demás. La mujer, bastante intimidada por estar hablándole a una multitud, nos señala que no es activista de nada, que sólo es madre de unos niños que jugaban junto a nosotros. De pronto, surge entre la gente un "espontáneo" pidiendo explicaciones, acusándola de desvirtuar la realidad y reclamando contar su versión. Bassi le cede el megáfono, consciente, como todos, de que la cosa se anima en favor del espectáculo. "Yo tampoco pertenezco a ninguna plataforma" aclara, "¿y qué es eso que tienes ahí?" pregunta Bassi. La virgen de Schoenstatt, acabáramos. Menudo espontáneo. La gente de la Plataforma por la escuela pública impide con sus gritos que el tipejo siga hablando al grito de "Vete a Los Molinos". Ni siquiera vive en la zona. Todos hubiéramos preferido escucharle barbaridades, pero esta gente parece bastante quemada. Pasa un cuarto de hora de las 12 y volvemos a la carretera.

Los tontos de la bocina

En el autobús, Bassi nos anuncia que hay policía en el exterior de una iglesia a la que no vamos a ir aunque se nos esperaba y seguidamente nos muestra una "base de la OTAN" en la que, según un anónimo que él conoce pero que no quiere dejar de serlo, "se interrogaba a presos árabes". Paramos para poder ir a contarles tremenda exclusiva a los otros dos autocares y seguimos hasta el campus del CEU. Allí nos topamos con cuatro muchachos de Alternativa Española, que nos siguen en coche. Bassi habla con ellos, le amenazan si se atreve a ir a un par de santuarios en concreto y conversan sobre la autoría y rentabilidad de la bomba del teatro. La media de edad de los pasajeros del Bassibus está por debajo de los 30, pero hay una señora de unos 50 que está empezando a emocionarse, soltando tonterías en voz alta y cuyo discurso ideológico podría resumirse con una canción de Manu Chao y otra de Ismael Serrano. Otro chico, de aspecto filo-punki, asegura conocer a alguien que conoce a una amiga que estudia en una Facultad de Derecho cuyos alumnos "más del 90% son de ultraderecha como poco". Alucinan juntos.



Llegamos a la entrada de una Casa de Ejercicios Espirituales. Bajamos, reparten sandwich y bebida y echamos a andar por un camino de tierra (con tontos incluidos) durante un cuarto de hora hasta llegar a... no se sabe muy bien qué. Un edificio abandonado es considerado por Bassi una antigua fábrica de sustancias químicas pues hay: extrañas sustancias esparcidas por todos lados, un cuarto con aspecto de laboratorio del tamaño de la cocina de mi casa y miles de tapones de botes de aerosoles por el suelo. En un escenario improvisado, dice sentirse especialmente orgulloso del hallazgo ya que a escasos metros de nosotros está la urbanización en la que vive Aznar y que desgraciadamente no ha podido encontrar qué era esa planta en internet. Habla sobre el poco respeto que "esta gente" tiene por la naturaleza abandonando algo así y se escandaliza por el hecho de que sus propios hijos (los de los pijos) pudieran acercarse hasta allí a jugar con sustancias peligrosas. Jeremías y yo no damos crédito. Entonces anuncia a SuperLaico, un gilipollas (como el propio Bassi lo definió antes, más en privado) disfrazado que, sin sentido alguno del ridículo, se ha subido a lo alto del tejado para hacer... pues eso, el gilipollas. Hablando con una chica descubro su indignación provocada porque ella ha pagado los 15€ del viaje y en cambio el artista sólo viaja en el único autobús en el que nadie ha pagado: el mío.



De vuelta por el camino de tierra, Bassi advierte que nos esperan quince malandrines, y no cuatro como hasta ahora, de esos que quieren "intimidarnos", que no caigamos en sus provocaciones, que pasemos de ellos, que no les demos lo que andan buscando. Un par de cretinos de los que venían con nosotros se "arman" con piedras, me pregunto qué coño tienen en la cabeza. Lo mismo que los otros, respondo. A nuestro paso, que coincide con la salida de misa de la Iglesia aquella, los niñatos hacen sonar una bocinas. Acojonante oiga. Los nuevos alborotadores no tienen aspecto de nazis ni nada de eso, sino de hijos de "papá déjame el Audi". Les gritan "¡Usamos el condón, oe, oe!", "¡Hay que follar más!" y subimos al autocar. Allí la señora de antes le explica al muchacho que tenía una amiga de un amigo estudiando Derecho, para calmar sus ansias de bronca, que "hay que darles por culo con la paz, es la resistencia pasiva de Gandhi". Es que ni Manu Chao: Tontxu y da gracias.



A las 14:15 llegamos a la Universidad Francisco de Vitoria. Bassi nos cuenta quiénes son los Legionaros de Cristo y una pobre muchacha cuenta sus desventuras como alumna de la misma. Los alborotadores de papá, que nos habían seguido en cuatro coches, hacen acto de presencia pitando con las bocinas, aunque con más vergüenza que otra cosa. Policías de paisano que nos acompañan desde la anterior parada tratan de convencerles de que no sean tan broncas. Sólo una chica, la más exaltada, insiste ("no quiero oír lo que dice") y comienza a rezar un Rosario. Alguno se mofa de ella. Una de las azafatas del Bassibus nos coge a los de "prensa" para contarnos que según la COPE ha habido "fuertes altercados". "Para qué lo contéis, que sois testigos, que no ha pasado nada". El chico de la SER responde divertido: "Da igual, si les van a echar del EGM". Los fanáticos de papá se despiden santiguándose y dando vivas a Cristo Rey y a la Santa Madre Iglesia.

¿Rosa qué?



Cogemos la carretera camino a la Urbanización Rosa Luxemburgo. La mayoría de la gente no tiene ni puta idea de quién fue esa señora y por tanto no pillan los chistes de Bassi sobre la sorpresa que le supuso ver un residencial con su nombre por esa zona de Madrid. En un parque, allí mismo, nos explica quién fue. Hasta que dice que la mataron los nazis; bastante jodido que te mataran los nazis, si mueres en 1919, sólo los vecinos del lugar le sacan de su error. Uno de los cuales nos hablará de cómo crearon aquella urbanización en un tono idealista francamente enternecedor. Se despiden entre aplausos tras un ¡Viva la clase obrera! y luego vuelve a insistir en que "Rosa Luxemburgo vota rojo" cuando una vecina comenta que el barrio ya no es tan 'obrero' como en el origen.



Bassi vuelve a hacerse con el megáfono para explicarnos allí mismo que nuestra próxima parada es la sede de la FAES en Madrid. Lo hubiera sido si no es porque nos pasamos de tiempo y los autocares estaban contratados hasta una determinada hora (las 16:00) que estaba a punto de cumplirse. Nos cuenta qué son los neocons, qué es la FAES y que quería llevarnos a su sede para que sepamos dónde está. Jeremías, con buen criterio, me apunta que con echar un vistazo en internet valdría. El tipo disfrazado de cura grita en plan revelación: "¡Está en Juan Bravo, 3!". Efectivamente, el agua moja.

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